Participación ciudadana e incidencia en nuestras comunidades

por Uranía Garcés Asenjo

Hablar de democracia nos lleva inevitablemente a la idea de participación, cuestión que en el último tiempo se ha visto bastante disminuida. Pareciera ser que la falta de participación de la ciudadanía es un fenómeno mundial, reportándose índices históricos de abstención alrededor del mundo. De hecho, si pensamos en las últimas elecciones presidenciales de Estados Unidos, vemos que el poco interés por parte de los norteamericanos llegó a un nivel de abstención desconcertante, alcanzando cifras de hasta un 70%, lo que finalmente condujo a que Donald Trump resultara electo en desmedro de la candidatura de Hillary Clinton.

Así las cosas, no hace falta buscar ejemplos de otras latitudes, Chile presenta un panorama similar. En las últimas elecciones presidenciales, la actual mandataria se impuso en segunda vuelta con un 62% de las preferencias, sin embargo, debemos tener en consideración que, de un universo de 13.573.000 votantes, solo acudieron a las urnas 5.672.356, lo que representa un 58,21% de abstención según cifras del Servel. Lo anterior, se replicó en las elecciones municipales pasadas cuyos índices de abstención alcanzaron cifras históricas. Pero más allá de los números ¿por qué los ciudadanos no votan?

Ahora bien, la historia de Chile da cuenta que, al igual que en todo el mundo, originariamente solo las clases altas tenían derecho a votar, en efecto, en la Constitución de 1833 se establecía esta modalidad donde el voto tenía un carácter censitario. Sin embargo, las demandas ciudadanas que exigían mayores garantías y libertad poco a poco fueron produciendo cambios, lo que ocasionó que el derecho a sufragar haya experimentado una progresiva expansión y masificación; de tal forma que actualmente no es relevante la situación socioeconómica, nivel de estudios, género u otros factores que en otras épocas impedían ejercer este derecho.

Actualmente, hombres y mujeres gozan del derecho a sufragio, sin embargo, ¿a qué se debe la reiterada y creciente decisión de no ejercerlo? ¿Será que la lucha de nuestros antepasados carece de sentido para las generaciones actuales? ¿Por qué tirar por la borda aquello que ha costado tanto esfuerzo? Variadas pueden ser las respuestas a este fenómeno, desde la falta de confianza a las instituciones hasta la pereza, independiente de las razones, el derecho a votar se erige como una fuente indiscutible de poder que permite transformarnos en agentes de cambio, hacer valer nuestra opinión apoyando el proyecto o candidatura que mejor satisfaga las necesidades de nuestra familia, comunidad y país.

En comparación al siglo pasado nuestra sociedad lo tiene todo para hacer de ella una más inclusiva, diversa y participativa, sin embargo, esperemos que, en las próximas elecciones presidenciales, la tendencia sea la opuesta hasta ahora y exista una mayor participación por parte de nosotros, los ciudadanos chilenos. Ese es el único camino para que la opinión de cada uno de nosotros sea incidente y represente el sentir de todos y todas.

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